Apuntes desde la cama: sobre cansancio, cuerpo y descanso
Estos días fueron raros. Extraños en el sentido más literal: me sacaron de la rutina que llevaba sosteniendo desde hace meses. Primero fue una sensación leve, un cansancio que no se iba, un frío intermitente, el cuerpo avisando en voz baja. Como muchas veces, decidí no escuchar. Seguí. Antigripales, vitaminas, inyecciones, suplementos, café. El discurso interno de siempre: no puedo parar ahora.
Y es que no había parado en tres meses.
Desde septiembre hasta finales de noviembre viví en una lógica de producción continua. Proyectos, viajes, exposiciones, trabajo creativo que no solo exige tiempo, sino también presencia, energía emocional, batería social. Un mes en Puebla, otro en Tabasco produciendo obra, y al volver, entrar de lleno en la recta final de una exposición que pedía todo de mí. No solo el cuerpo, también la cabeza.
Cuando estoy muy metida en la chamba, mi sueño se desregula. Empiezo a dormir mal, a comer lo que sea, a dejar de cocinarme, a vivir hacia afuera. El trabajo cultural tiene esa trampa: parece que siempre hay algo más que hacer, algo que atender, alguien a quien responderle. Y como somos personas freelance, aparece también la ansiedad de la supervivencia: si una no se mueve, nadie lo hace por una.
Pero esta vez el cuerpo decidió hablar más fuerte.
Me enfermé justo cuando, en teoría, ya había pasado lo más pesado. Como si hubiera aguantado todo lo que pudo y, al ver una rendija de descanso, se hubiera desplomado. Incluso hasta agradecí el que haya sucedido luego de tanto movimiento, neta hasta en eso pensé que “tuve suerte”. Me hice las pruebas necesarias para descartar influenza o COVID - 19, me alegra que fui responsable, no salí, no forcé nada. Y por primera vez en mucho tiempo, me permití algo que no sabía que necesitaba tanto: no hacer absolutamente nada.
Un día entero de dormir, ver televisión, series de confort, videos que no me exigían pensar. Nada de arte, nada de noticias, nada de análisis. Solo estar. Y fue ahí cuando entendí que no solo mi cuerpo estaba cansado: mi cerebro tampoco había descansado en todo el año.
Todo este tiempo he creado desde el pensamiento. Desde la investigación, el concepto, la reflexión constante. Amo profundamente mi proyecto Ser Sur. Es mi hogar, mi obsesión, mi motor. Pero también me di cuenta de que había olvidado otras formas de crear. Crear con las manos. Dibujar sin mostrarlo. Usar acuarelas, hacer collage, sin que nadie lo vea, sin que tenga que convertirse en obra, discurso o contenido.
En estos días, volver a eso relajó algo en mí. Como si el cuerpo entendiera que ya no estaba en modo alerta. También ayudó recibir ternura. Algo que durante mucho tiempo relegué por estar en modo supervivencia emocional. Darla y permitir que llegue. Dejarme cuidar.
Por eso hoy veo esta enfermedad no como un accidente, sino como la cúspide de un proceso largo de agotamiento sostenido. Como un recordatorio brutal, pero necesario, de que el cansancio creativo no es solo físico. Es mental, emocional y afectivo. Y que no atenderlo tiene consecuencias.
Esta temporada de fiestas llega con mucha carga: encuentros, expectativas, trabajo que no se detiene del todo. Por eso quiero cerrar este texto con algunos apuntes personales, no como recetas, sino como cosas que este cuerpo aprendió a la mala.
Apuntes personales para cuidarse en esta temporada
Escuchar las primeras señales de cansancio antes de que se vuelvan enfermedad. El cuerpo siempre avisa, aunque a veces decidamos ignorarlo.
Descansar sin convertir el descanso en otra forma de productividad. No todo tiene que servir para algo.
Bajar el ritmo cuando se pueda. No todo es urgente, aunque así se sienta.
Darse espacios sin pensamiento constante. Dibujar mal, ver series sin culpa, hacer cosas sin objetivo.
Cuidar la batería social. No todos los encuentros son obligatorios. Elegir también es cuidarse.
Recordar que trabajar con públicos, comunidades y procesos culturales implica cuerpo, emoción y presencia. Y que no se puede sostener lo colectivo desde el agotamiento permanente.
Crear para una misma. Sin público, sin expectativa, sin validación.
Y, por supuesto, atender la salud con responsabilidad: ir al médico, descansar, no romantizar el aguante.
Cuidarnos también es una forma de contribuir, de permanecer y de seguir estando. Porque no se trata solo de producir, sino de poder seguir habitando lo que hacemos con sensibilidad y deseo.
Muchas gracias por llegar hasta aquí.
Te mando un abrazo enorme y, ¡disfruta las holidays! - Lety V